Parte principal da carta
Estimada prima Isabel, Reina de Inglaterra:
Viendo el acelerado transcurso de los días, mi muerte se aproxima a una velocidad vertiginosa, por lo que me anticipo y os escribo esta carta.
He sido finalmente condenada a muerte por vos y por vuestro estado, en cuyas manos he padecido ingentes sufrimientos durante casi veinte años.
La fe católica y la reivindicación de la corona inglesa por derecho divino son los dos asuntos por los que soy condenada, sin embargo, vos no me permitís decir que muero por causa de la religión católica, por temor a las intervenciones que esto pudiese ocasionar en vuestra fe.
A muy temprana edad fui enviada a Francia, donde pude gozar de todas las comodidades posibles en manos de las mejores institutrices. Mi madre, la poderosa María de Guisa, acordó un tratado en contra de los ingleses y para que este tuviese validez se acordó mi matrimonio con Francisco II, el futuro heredero al trono francés.
El año en que mis padres fallecieron, abandoné el reino francés profundamente desolada. Al regresar a mi país natal, a pesar de ser católica tuve que aceptar el gobierno protestante que encontré a mi llegada.
Me vi forzada a contraer matrimonio con mi insensato primo inglés Lord Darnley para evitar la amenaza de vuestro reino. Al contraer matrimonio, mi amado pueblo se volvió en mi contra por la amenaza que suponía para ellos mi enlace con Darnley. Comencé a tener claras desaveniencias con mi marido, pues me reclamaba los derechos de la corona de por vida. No acepté tal indigna propuesta, y por ello, pasé a ser la enemiga de mi esposo, quien formó una alianza en mi contra.
A los pocos meses mi esposo Lord Darnley fue asesinado en su casa pero no se encontró el culpable. El principal sospechoso era el conde de Bothwell. Acudió a juicio pero fue absuelto a causa de la falta de pruebas concluyentes acerca del caso.
El conde Bothwell me obligó a contraer matrimonio con él como única forma de mantener mi corona, pero entonces mi pueblo se sublevó, pues pensaban que yo estaba en connivencia con Bothwell para orquestar la muerte de mi marido Lord Darnley.
No tuve opción alguna que abdicar en mi hijo Jacobo y ante los signos de desaprobación manifestados por muchas personas, huí a Inglaterra en busca de un ansiado asilo junto a vos, pero en lugar de otorgarme la ayuda que necesitaba, el miedo a que pudiese arrebataros la corona os llevó a encerrarme de por vida.
Walsingham, vuestro ministro tan rastrero, construyó una red de engaños que os llevó a creer que estaba conspirando para atentar contra vuestra persona y quitaros la vida.
Como resultado de esta trampa, vuestro reino me sometió a juicio por planear vuestra muerte, me condenó a muerte por traición y fui detenida mientras huía a caballo. Vos firmasteis mi sentencia de muerte y ahora no me queda más que aguardar mi ejecución.
Pero todavía queda tiempo para que reconsideréis vuestra decisión, ya que vos me arrebatasteis una gran parte de mi juventud encarcelándome, os ruego que no me empujeis a un final tan prematuro.
En este mundo gobernado por hombres cobardes e incompetentes, estos nos ven como personas totalmente advenedizas para gobernar. Por ello vos y yo deberíamos ayudarnos dejando a un lado nuestras diferencias y no permitir tal inepcia e insensatez.
Necesitamos que la gente nos recuerde como un ejemplo a seguir, como dos mujeres que a pesar de sus diferencias, supieron mantenerlas a raya para preservar un legado que quedará marcado para la historia.
¡Oh prima mía, tened compasión, no llevéis a cabo esta idea tan descabellada! Pensad en mi hijo, ¿qué será de su futuro? Pensad en mi pueblo ¿quién velará por sus derechos y por su bienestar?
Os ruego, os imploro, que pongáis fin a este regicidio en contra de la voluntad de Dios y podáis hallar vos también el sosiego que habéis perdido desde que firmasteis mi sentencia de muerte.